Los sueños son estrellas fugaces
que amanecen en la penumbra y mueren en la oscura mañana, pensando que el cielo
es infinito, inenarrable en cuentos, y al soñar convertirse en un cosmopolita
del espacio, conquistar mundos con una lanza, atraer estrellas para no morir.
La vida tan corta y efímera se condensa en un solo acto: morir. Su extraña
aparición supone un rito especial de la naturaleza, ir caminando por el
inframundo de los horrores, tener sexo para desorbitarte y no colapsar con
Plutón (el abismo de la nada), haciendo aparecer al Ares primitivo que lleva en
su ser, la misma magia en el amor que robó Prometeo a los dioses, sentir el
fuego en su interior, quemando todo su inmenso ser y convertirlo en un demonio que
acapara todo en la realidad y siente el vacío de su pequeño corazón endurecido,
algo que proclama al mundo que aún está vivo, que la muerte lo dignifica y le
hace saber por primera vez que la vida se ha manifestado de la manera más
absurda: soñando.


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