El gran problema del Islam es su vínculo extremo con el gobierno, su fusión;
ese enraizamiento que perpetúa en el poder al gobernante, lo legitima, y éste
mismo instrumentaliza la religión para afiatar su mandato y someter a su
pueblo. La religión (el islam) es el poder que embulle los demás poderes, es el
máximo regente de la cosa pública y de la ciudadanía. Es doctrina, es
jurisprudencia y ley. Hablamos de un Islam
político, eso es lo que hay.
El mismo Estado impone la religión a sus ciudadanos, es una situación eterna
de promoción de la religión, nada más ofensivo a la libertad del ser humano que
la imposición y acaparamiento de lo “supuesto divino” en la “cosa social”. La
religión no puede ni debe comprometer el destino de la sociedad a sus
designios; la religión es una materia personal, muy personal, y que solo debe,
en estricto, comprometer a la persona. Un gobierno laico respeta el derecho del
hombre a tener una religión o confesión, así como otras subjetividades como el
acceso al amor, a amar, por ejemplo; la fe y el amor son experiencias
personales o individuales.
Una gran deficiencia del Islam es su papel en cuanto a la mujer. El
principal enemigo de la mujer no es el hombre en sí, sino la religión, aquellos
sistemas patriarcales que vejan una posible igualdad de género y que se aterran
ante la posibilidad, en algo tan occidentalmente primitivo, como el hecho que
una mujer pueda exclamar “no” o hacer valer sus derechos al igual que sus
cónyuges. Creemos, inclusive, que el Islam debe ser juzgado tal cual un sistema
religioso, juzgado en su naturaleza, en la reflexión, volver a interpretarse
una y otra vez, ajustarse a la sociedad moderna o al sistema que les garantice
a los ciudadanos no morirse o dejar de existir. Por ejemplo, el Islam ha
llevado a los árabes a grandes tasas de analfabetismo, y en general, a un largo
periodo de oscurantismo sin derecho a ser criticado.
Para algunos grupos que pululan en la búsqueda constante de recrear el
pasado o abordar en retrospectiva la coyuntura como la constitución de un nuevo
califato (como Daesh) o revivir una
sociedad islámica perfecta tal cual el paraíso coránico, la situación moderna
occidental con los grandes avances en materia de derechos humanos, el auge de
los medios tecnológicos y científicos que van, digamos, poniendo objeciones al
pensamiento dogmático, son cuestiones a evitar y fuera de toda regla para una
sociedad islámica. Pensamiento dogmático
influenciado por la palabra divina, sagrada, que regula la vida de los fieles y
niega la identidad del individuo.
Los árabes no le deben nada al
Islam, es como llegar a
pensar que los valores occidentales como la democracia (su espíritu en sí) o la
idea de libertad, se los debamos a la confesión católica o cristiana y no al
avance filosófico de los griegos, que temporalmente fueron antecesores a la
imposición del Estado-religión durante la Edad Media. Lo mismo ocurre con los
países árabes, hay situaciones precedentes, valores étnicos y propios de las
culturas que habitaron y reforzaron las características de una gran cultura árabe anterior a Mahoma y
al Islam.
Al fin de cuentas, la cultura es
crítica, es reflexión, es pensamiento, son ideas, conciencias individuales. Si
la religión se empecina en socavar el libre pensamiento, los ideales distintos,
cualquier intentona de verdadera democracia; seguirá llevando a los ciudadanos
a un atraso constante y perpetuo. En muchos países árabes el Corán es la fuente
de toda jurisprudencia jurídica, social, política e institucional. Se cita y
adjunta como fundamento de una sentencia de muerte. Repulsivo.
La cultura árabe está destruida o casi extinta, no hay grandes
universidades árabes, no hay avances en los campos de la ciencia o del arte, no
hay futuro próximo para una religión que conviva con el progreso humano.
Urge una adaptación del Corán a la modernidad como lo han hecho el
cristianismo o el judaísmo, en parte. Mientras el Corán siga leyéndose o
interpretándose por wahabbistas (sustitución del Opus Dei en el estrato islámico, predominante en Arabia Saudí, y
religión oficial de los regentes de la casta
Saud) y estos mismos países hegemónicos financien la construcción de
mezquitas en varios países de Europa o Asia, o en cuanta parte existan fieles o
seguidores, seguirán engendrándose radicalismo y propuestas extremas, sin
contar la subvención de armas que financian varias élites de poder islámicas.
Son los doctrinarios salafistas (wahabbistas) los que leen los escritos
del Corán y ondean el radicalismo de las escrituras, reparten la interpretación
del fundamentalismo en el cóctel de los soliloquios en las mezquitas del mundo
(en un barrio parisino, por ejemplo) donde un imán (algún sustituto con menos formalidad que la institución
obispal), un tanto convulso, reafirma, en la oración y lectura, el apañamiento
e hipotetiza una eventual guerra santa.
Por otra parte, no existe un intento de democratización sobre los países
árabes, y si existen son propagandas diplomáticas que más allá de sumirse como
slogans para todos los países, son sectarias. ¿Dónde encuentras un proyecto
democratizador para Arabia Saudí o para Catar? Occidente no intenta
democratizar las sociedades árabes, solo cuida sus intereses económicos y los
factores primigenios de las cadenas productivas de los que se abastece. A los
americanos o a los franceses les conviene un Arabia Saudí estable (sin revueltas
ni intentos emancipadores) que ordena ejecutar a cualquier opositor que un país
donde las empresas como Saudí Aramco (principal refinador de petróleo) se
vuelva inestable en aras de alcanzar igualdad y democracia. Varios de estos países son en definidas
cuentas: dictaduras. Imposiciones políticas con tintes monárquicos y
refrendados por la religión islámica
Para que la sociedad árabe alcance el progreso y pueda convivir con total
normalidad en el mundo que habita: el camino es uno solo para el Islam, reinterpretarse
desde la razón y el sentido común, y separarse del Estado.





